Valentín.

por | Nov 12, 2021 | Blog, Uncategorized

Ese día tenía una ilusión tremenda por hacer fotos, hacía alrededor de dos semanas que no disponía de tiempo libre. Desayuné a toda prisa un magnífico pan andaluz y un buen café y cogí el coche. En cuanto estaba aparcando en las cercanías del centro viejo me di cuenta que se había nublado el día con una rapidez pasmosa, no es que rechace los días nublados, pero fotográficamente adoro los dias soleados para la luz cortante que más adoro.

 Igualmente pensé, que, ya que estaba allí y milagrosamente había encontrado aparcamiento, iba a darle una oportunidad, a las malas disfrutaría de una buena caminata con el fresco y sin tener que usar gafas de sol.

Justo caminaba tranquilamente ya la mente puesta en modo fotográfico, y pensando que no tenía día suficiente para fotografiar todo lo que me gustaría, cuando lo vi, estaba a las puertas del sagrario, las manos cubrían su cara. Siempre que paso por delante y está abierto suelo entrar a echar un vistazo, ahí me bautizaron mis padres, y a veces imagino como tuvo que ser, estar ahí de pie con una hija en brazos a los 20 años recién cumplidos. Ese día hice lo mismo, entré, pero tal vez con la idea pelín egoísta de hablar con el señor de la puerta y que me dejara hacerle fotos. En seguida como suele pasar, vio mis intenciones rápidamente, así que me puse a su lado a intentar darle conversación totalmente fascinada por su expresión, entre desdeñosa y amistosa, le dije – Hola! ¿Qué tal va el día? Eso bastó para que se pusiera en pie y comenzara a contarme, llevaba zapatos nuevos, y le dije que me parecían muy elegantes y bonitos, así como de buena calidad, me explicó que se lo habían dado las monjas, que lo cuidaban dándole comida y ropa. Ya que él había trabajado 50 años sin asegurar y no tenía pensión ni nada, que por eso pedía a la puerta del sagrario…

Pero que no se quejaba de nada, sólo de la soledad tan grande, que no tenía familia, y odiaba el frío, se le humedecían los ojos y a mí me costaba no emocionarme, tenía un gran nudo en la garganta. Le hice unas fotos maravillosas, una de ellas la tiene él, y me dijo que la podría en un marco bonito porque era preciosa, que le había sacado muy guapo.

Ese día después de Valentín, me fui de camino al Alcázar a sentarme un rato a pensar, hay tantos rostros como vidas diferentes, y cada uno busca su felicidad más allá de las circunstancias.

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